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Adiós a Dolores O’Riordan, la voz de una generación

Ha muerto Dolores O’Riordan, vocalista y alma de The Cranberries. Permítanme, como pequeño homenaje, recordar los dos momentos que han marcado mi relación con su música. Porque para todos ha sido una pérdida personal.

Tengo tan enraizado el sonido de su voz, que me es imposible establecer la distancia necesaria entre el periodista y el hecho para argumentar sobre los pilares de la razón por qué le duele tanto al mundo la marcha de Dolores O’Riordan, alma y voz de la banda The Cranberries. Estandarte de un discurso generacional.

Como casi todos los que rozamos el ecuador de la treintena, lo primero que conocí de The Cranberries fue ‘Zombie’, ese envenenado himno a la decadencia moral, escrito a razón del largo conflicto entre Irlanda y Reino Unido, pero aplicable a todo occidente, entonces, ahora y siempre. “When the violence causes silence / We must be mistaken”, decía con razón.

Yo era apenas un chaval, un proyecto de adolescente, y no entendía su significado. Pero había algo ahí, en ese ritmo marcial, en esas guitarras, una densa y otra aguda: una amargura profunda, sal en una herida que ni siquiera sabía que tenía abierta por el mero hecho de ser humano. Y había algo en esa voz, que se quebraba y se erigía de nuevo incólume a cada verso: una fragilidad que nos definía a todos. Una rabia agazapada que debía servirnos de antídoto frente a la desesperanza.

Escuché esa canción, o así lo recuerdo, en un CD que Telepizza regalaba con canciones del momento, entre las que también estaban ‘The Man Who Sold the World’ de Nirvana, ‘Always’ de Bon Jovi y juraría que ‘Popular’ de Nada Surf. Mediados de los 90 fue una época maravillosa. Y sonaban a The Cranberries. Al positivismo de ‘Free to Decide’, al motor de arranque de ‘Salvation’.

Pero poco a poco se fue acercando el cambio de milenio, volvieron los discursos apocalípticos y recuperamos una visión pesimista y miedosa con respecto al futuro. No en vano, los conflictos armados, la pobreza y la violación sistemática de los Derechos Humanos no habían menguado por mucho Muro de Berlín que hubiera caído, sino más bien al revés. Aquel optimismo que provocó el final definitivo de la Guerra Fría se tornó en mal augurio al empezar a cumplirse, cada vez con mayor insistencia y beneplácito de la sociedad, muchas de las profecías de los Orwell, Bradbury o Huxley. El Gran Hermano había llegado para quedarse.

Mi segundo recuerdo imborrable con The Cranberries data precisamente de los años del milenio (1999-2001). Me veo oyendo Bury The Hetchet y Wake Up And Smell The Coffee mientras leía Un mundo feliz en el autobús que conectaba mi barrio (de las afueras) con Plaza de Castilla, en Madrid, desde donde cogía la línea 1 hacia el centro. Y oyéndolo ahora, 20 años después, entiendo que debía escuchar en bucle ‘Animal Instinct’, ‘Just My Imagination’, ‘Promisses’, ‘Analyse’, ‘This Is The Day’ y ‘I Really Hope’ porque automáticamente me transportan a los paisajes que veía, a la velocidad y el balanceo del autobús cuando aceleraba en el nudo de la M-40, al olor de los planes que iba urdiendo en secreto.

Lo que vino después, casi sin darnos cuenta, fue una absoluta revolución en cuanto a la accesibilidad a la música. En los albores del siglo XXI la consigna fue explorar, conocer cada época, cada género y cada artista, porque por fin era posible sin coste alguno. Coincidiendo además con la separación de la banda, dejé de escuchar a The Cranberries, pero su inconfundible sonido siempre ha sido una referencia y un importante punto de comparación con otras propuestas más contemporáneas. Desde el dreampop de Beach House al rock de Wolf Alice, por poner un par de ejemplos de hasta dónde percibo la huella de Dolores. Por no hablar de D.A.R.K., su último proyecto, que demostró lo poquito de más que necesitaba la vocalista para recordar ella sola a The Cranberries.

Nacida en Limerick en septiembre de 1971, Dolores no necesitó más que siete años para hacerse dueña y señora de una década entera. Fue el alma de una de las bandas más carismáticas de los 90, pero fue su voz la que definió su estilo. Porque no hubo nada especialmente revolucionario en The Cranberries a nivel musical, solo la presencia de un ser que aunaba fragilidad y fuerza, vulnerabilidad y optimismo. Vaya donde vaya, siempre mirará el mundo sabiendo ver el vaso medio lleno y medio vacío, siendo eternamente humana. Descansa en paz.

(De regalo os dejamos esta escalofriante actuación en París en 1999)

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